miércoles, 12 de marzo de 2008

Disperemos contra el éxito

Disparemos contra el éxito!

Haré algunos comentarios a esta nota, escrita por alguien que no es de mi simpatía, por ser un típico argentino auto-expatriado que no termina de abandonar la picarezca forma de analizar las otras realidades aunque vivan en ellas y las usufructen.



Publicado en la ed. impresa: Opinión
Sábado 23 de setiembre de 2006
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Tomás Eloy Martínez
Una telenovela americana




Highland Park, N.J.

Cuando llegué a Estados Unidos, al comienzo de la era Reagan, la cultura protestante se había enraizado con tanto brío en este país que nadie se permitía mentir sobre los datos importantes. Las líneas de crédito, las opiniones sobre terceros y las informaciones personales estaban basadas en un principio de confianza que habría sido ingenuo si no hubiera estado reforzado por los castigos implacables que se aplicaban a los que mentían. Un ciudadano sorprendido en falta era un paria. Se le cerraban las puertas de los bancos y de los trabajos más dignos. El estigma se extendía a la velocidad del viento. Los bancos publicaban el nombre del réprobo y entre las empresas y las escuelas corría casi al instante la voz acusatoria. Recuerdo que cuando tomaba exámenes a los estudiantes de Letras de la Universidad de Maryland me retiraba del salón con la certeza de que nadie osaría espiar los apuntes de clase o copiarse de un compañero. La cultura protestante también exige que cuanto mayor es la falta, más perdurable sea el castigo.
Este análisis, que yo bien podría trasladarlo a la sociedad suiza en la que vivo hace 4 años, porque acá es así, seguramente seguirá siendo descriptivo de la mayor parte de la sociedad americana, porque así es hoy EEUU, aunque a un argentino resentido le cueste admitirlo.

Algunos mentirosos quedan impunes. Lyndon Johnson inventó en 1964 un ataque comunista en el golfo de Tonkín para justificar la invasión a Vietnam. Hacia fines de los años 40, el senador Joseph McCarthy manipuló el terror de la clase media norteamericana ante una eventual agresión soviética, imaginando que la Secretaría de Defensa de los Estados Unidos y los estudios de Hollywood estaban infectados por agentes de Moscú.
Poca habilidad para elegir los ejemplos, todos objeto de una discusión mayor, y no para presentarlos como una claudicación del perfil ético de ese país!


Otros no salieron airosos de sus fábulas. Janet Cooke, la periodista de The Washington Post que en 1981 ganó el Pulitzer por su crónica sobre un chico de ocho años que se inyectaba heroína delante de la madre, jamás volvió a trabajar en un medio respetable. Gary Hart, el senador demócrata por Colorado que en 1987 tenía altísimas posibilidades de ganar la presidencia, debió retirar su candidatura cuando negó una aventura extramatrimonial que fue descubierta al día siguiente.

La moral puritana es implacable con los deslices sexuales –lo fue con Bill Clinton, que a duras penas salió del barro–, pero suele bajar la guardia cuando el que miente está en el poder.
Es que estamos analizando una sociedad de ángeles?, en la que la mentira desde el poder no se debilita con penas menos severas?

El martes 19 de septiembre se distribuyó en las librerías de Nueva York un notable libro del legendario periodista Frank Rich, cuyo subtítulo refleja el contenido con mayor claridad que el título: se llama The Greatest Story Ever Sold (La más grande historia jamás vendida) y al pie tiene esta descripción: “Declinación y caída de la verdad”.
El tema es, sin duda, ése: la agonía interminable de la verdad en un país donde Dios y la verdad se confundían.

Seguramente se convertirá en un best seller y hará tanto daño como todos los bet seller’s, que en la mayoría de los casos no son otra cosa que “pasto” para la turba, el éxito editorial no es otra cosa que eso, se vendió mucho, fue comprado por la masa.

Rich ve la historia reciente de los Estados Unidos o, al menos, la historia fabricada por la propaganda oficial, como una representación, una telenovela conducida por un cheerleader, como se designa al personaje que encabeza y anima los desfiles callejeros con un bastón de fantasía. La comparsa que lo acompaña crea también –según Rich– una realidad imaginaria, retocada por falsos periodistas, fotógrafos que maquillan el paisaje, expertos en convertir en verdaderas las informaciones falsas, nubes de consejeros en relaciones públicas y, como consecuencia, héroes falsos y victorias falsas. No se trata de encubrir la verdad con engaños masivos, como en Wag the Dog, Mentiras que matan, una película menor de Barry Levinson. Se trata de representarla o, mejor aún, de crearla de nuevo. En la introducción de su libro, Rich resume esa situación con una escena clarísima. Cierto ayudante del presidente Bush –alguien que, según Rich, podría ser Karl Rove, la siniestra eminencia gris del gobierno– explica que los periodistas son meros espectadores de un juego que deben estudiar y descifrar mientras los amos están inventando un juego nuevo, con reglas que también deberán ser estudiadas. Y así, infinitamente. El ayudante presidencial dice, con transparente cinismo: “Somos ahora un imperio, y cuando actuamos creamos nuestra propia realidad”.
Qué hermoso sería el mundo si EEUU no exitiera! Cuántas ganas de que caiga “el imperio” Porque sería mucho más fácil todo, no habría quien marcara los déficits ni las carencias de todos los demás....Si la envidia fuera tiña, cuantos tiñudos habría!

Uno de los escenarios más sofisticados que se montaron para ese teatro de apariencias fue el que intentó justificar el ataque a Irak con dos pretextos falsos: los lazos jamás probados entre Saddam Hussein con Osama ben Laden y los supuestos esfuerzos del gobierno iraquí por fabricar armas nucleares. Tanto Bush como el vicepresidente Dick Cheney los difundieron como verdades incuestionables aun a sabiendas de que eran una invención de la propaganda norteamericana.

Rich demuestra cuán fácil es para la gran prensa de los Estados Unidos sucumbir a los espejismos de ese montaje. Los editores exigen que cada fuente sea confirmada por otra y que cada una de las partes involucradas pueda exponer su verdad. Pero a veces –advierte Rich– el periodista debe discernir si una de las dos fuentes está envenenada y sólo quiere empañar la verdad. La inteligencia del reportero suele, casi siempre, ver los hechos tal como son con más agudeza que los voceros de una y otra parte. Las mentiras sobre Irak fueron advertidas por el sentido común de periodistas que no tenían acceso a la Casa Blanca antes que por figurones hipnotizados por el poder.
Elegir como ejemplo la guerra de Irak y tomarlo como error y mentira en plena discusión caliente del tema, para ejemplificar el supuesto deterioro moral de la sociedad americana, es prueba clara de la falta de estaura intelectual de quien escribe. Le daremos la oportunidad a la historia a que juzgue los hechos, o haremos como en la Argentina que sobre los cadáveres aún calientes de una guerra, estamos impartiendo veredictos definitivos en una parodia de justicia!

Luego de informar que George W. Bush fue un profesional de las relaciones públicas antes de su entrada en la Casa Blanca –con éxitos modestos como promotor de compañías de petróleo y equipos de béisbol–, Rich enumera algunos de los sofismas representativos del cheerleader. Hay que reducir los impuestos de los que tienen más, confiando en que contribuirán con su caridad a mejorar la situación de los más pobres. Debe permitirse que las industrias controlen por sí mismas toda la contaminación ambiental que produzcan. En esas trampas para niños no han caído tan sólo los incautos. También los opositores del gobierno parecen desorientados por la red inextinguible de falsedades. Ya no se sabe qué terreno se está pisando, dónde termina la realidad y empieza la mentira.

Rich dibuja a un Bush intelectualmente mediocre, que habla y se comporta, sin embargo, con la seguridad sin fisuras de los tontos. Cada uno de los capítulos lleva como título una frase célebre y fallida del presidente, desde “lo cazaremos vivo o muerto” (a Ben Laden) hasta “Misión cumplida”, al declarar el fin de la guerra que todavía sigue en Irak. La cronología final es un modelo de periodismo inteligente. Rich agrupa los hechos que van desde el ataque a las Torres hace cinco años hasta la destrucción de Nueva Orleáns por el huracán Katrina, en agosto de 2005, en dos líneas de tiempo: a la izquierda, los episodios cruciales de la administración de Bush; a la derecha, las tergiversaciones y manipulaciones con que fueron presentados.

Surge así la certeza de que la invasión a Irak fue un objetivo anterior al ataque a las Torres y también el dato, hasta ahora casi desconocido, de que el propio presidente autorizó que se filtrara información secreta sobre la identidad de un agente de la CIA, violando la Constitución y las leyes sin consecuencia alguna.
Se empezó analizando el deterioro del incuestionable perfil ético de la sociedad americana, algo de lo cual es dable aceptar que ocurra, porque no será ésta una sociedad ajena al mundo en su evolución declinante en este punto, y que habría, para entenderlo, que contextualizarlo en un período suficientemente amplio para entenderlo; para finalmente terminar con lo que más gusta, denostar al presidente George Bush. Qué poco original es Ud. Sr. Eloy Martinez!

La cultura de un país fundado en la confianza y en la fe ciega en la verdad ya está herida de muerte y, si se levanta, no será la misma. Los Estados Unidos de George W. Bush se han construido como un teatro en el que las apariencias son la realidad y la realidad es humo que está en ninguna parte.
Faltó agregar solamente, qué contento que estoy!

Por Tomás Eloy Martínez
Para LA NACION

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