Mentiras mentirosas.
Por Alfredo Leuco
Los números fríos dicen que es probable que, el miércoles, el Senado de la Nación le ofrende a Néstor Kirchner la ley que tanto necesita para poner de rodillas al campo. Pero, un día antes, el presidente de facto hará una ostentación de debilidad desde las pantallas partidas de los canales de noticias. Otra vez saldrá perdiendo en la comparación de las movilizaciones de Congreso y Palermo, tal como ocurrió el 25 de Mayo entre los actos de Salta y Rosario. Esa obsesión de Kirchner por “no dejarse ganar la calle” significa poco y nada en términos políticos. Lo muestra muy a la defensiva, corriendo detrás de los acontecimientos y la agenda que fijan otros, y siempre respondiendo de apuro a los hechos generados por la Mesa de Enlace. Está pagando un costo monumental al haberse convertido en una suerte de Rey Midas al revés: todo lo que toca lo divide. Los bloques parlamentarios, la liga de gobernadores, la concertación con los radicales, la Federación Argentina de Municipios, el Partido Justicialista y hasta la CGT. En todos esos espacios se abrieron grietas más o menos profundas. En el seno del pueblo argentino pasó lo mismo y por eso la cohesión social, que era un activo del primer gobierno kirchnerista, pasó a ser una asignatura pendiente para la segunda gestión K. La crispación que se diseminó desde la cumbre del poder y la orden que se les dio a varios patoteros para que actaran con impunidad instaló un clima de violencia y agresividad en casi todos los rincones de la Argentina. Esta es la luz de alerta más roja. La comunidad entera debe repudiar todo tipo de escrache y violencia. Se trata de hechos vandálicos, cobardes y de metodologías fascistas más allá de quién sea la víctima. Es tan despreciable lo que les hicieron a los diputados Alberto Cantero o Agustín Rossi como su contraparte contra Luciano Miguens o los ruralistas que fueron corridos a trompadas y palazos. Es tan grande la pérdida de autoridad del matrimonio presidencial, que todos los que tomaron distancia de su proyecto crecieron fuertemente en la consideración popular de acuerdo con las encuestas, y quienes se expusieron más fielmente a su lado se cayeron como pianos, empezando por ellos mismos. En la trepada aparecen Julio Cobos, Hermes Binner, Carlos Reutemann, Felipe Solá, Juan Schiaretti, José de la Sota, Mauricio Macri, Elisa Carrió y –por supuesto– Alfredo de Angeli y Eduardo Buzzi. Sin embargo, la implosión más importante que sufrió Kirchner en estos 120 días que conmovieron a la Argentina ocurrió en su credibilidad. No hay forma más eficiente para quebrarla que insistir en calificar de golpistas y traidores a todos los que con toda legitimidad piensan distinto. Es imposible que una parte mayoritaria de la sociedad pase a creer que Cobos, Reutemann, Schiaretti o Solá son enemigos que conspiran contra el Gobierno sólo porque lo dice Néstor Kirchner. El matrimonio K no se lleva bien con los espejos ni con los termómetros. Esos vidrios son demasiado inapelables y rigurosos. Cuesta rebatir con subjetividades retóricas la aritmética o la física. Por eso, una de sus mayores debilidades es pensar la relación entre las audiencias y los medios como un principio mecánico de acción y reacción. Es insólito que personas inteligentes todavía crean en la teoría jurásica de que el periodismo tiene una capacidad diabólica para lavar los cerebros de los ciudadanos y modificar sus comportamientos. Ese paternalismo ya era viejo en los 70. Parece que no registraron que Juan Domingo Perón subió con todos los medios en contra y cayó con todos los medios a favor. Existe en el Gobierno una sobreestimación del poder de los diarios o la televisión y, como consecuencia, una subestimación de la madurez que tienen las personas para tomar sus propias decisiones con total independencia. La historia la construyen los pueblos y no la prensa. Es posible que en la sociedad multimediática en la que vivimos las noticias actúen como catalizadores y aceleren o frenen determinados procesos que existen en el seno de los países. Pero no existe tecnología periodística capaz de inventar un líder popular si no tiene carisma o no es la expresión de algún fenómeno social profundo. Alfredo De Angeli no es una creación de un laboratorio mediático que una noche decidió lanzarlo al estrellato y, de paso, destituir al Gobierno. De Angeli, por muchos motivos políticos y varios misterios humanos, encarnó como nadie un discurso y un reclamo que estaba latente. La televisión, desesperada, lo fue a buscar para calentar su pantalla y potenciar el minuto a minuto de las mediciones. Salvo Canal 7, que, en una actitud de obsecuencia autodestructiva, jamás le hizo un reportaje, según el Departamento de Investigación de Medios de Ejes de Comunicacion. Parece mentira pero uno de los personajes mas emblemáticos para entender y polemizar sobre el máximo desafío político que sufrió el proyecto kirchnerista con la protesta más prolongada de la historia no despertó la curiosidad de los cronistas del canal de todos… los oficialistas. Tal vez por eso Néstor y Cristina comparten el seguimiento y la mirada obsesiva por lo que se publica. Están convencidos de que aquello que no está “en letras de molde” o en las pantallas no existe. Lo han demostrado en Santa Cruz, donde subvencionan con los dineros públicos el poderoso multimedio propagandístico de Rudy Ulloa Igor para tratar de tapar el sol con las manos. El periodismo independiente se tuvo que refugiar en las FM comunitarias, en Internet o en modestos diarios y revistas que hacen todo a pulmón y andan siempre con lo puesto y con la gomera de David en ristre. Durante el histórico conflicto de los docentes, en el que participó buena parte de la sociedad santacruceña, ocurrió algo antológico. Una marcha de 8 mil personas por las calles de Río Gallegos fue ignorada en la tapa del Periódico Austral. En lugar de mostrar semejante suceso y criticarlo con dureza –si ésa era su línea editorial–, prefirieron ocultarlo debajo de la alfombra. Es tan fuerte la negación de la realidad como estrategia que, muchas veces, los Kirchner hacen verdaderos papelones que les generan muchos más problemas todavía. La destrucción del INDEC y de la credibilidad en las estadísticas públicas, por ejemplo, es de un infantilismo incomprensible. Hay un chiste muy viejo y muy cruel que sirve como un ejemplo bizarro. Un amigo le dice al otro: —Ayer el médico me dijo que me voy a morir si no dejo la noche, el alcohol y el cigarrillo. —¿Y vos que hiciste? —Cambié. —¿De vida? —No, de médico. Este absurdo es la única manera de explicar por qué las encuestas han pasado a la clandestinidad en la Argentina. Cuando a Néstor lo mostraban con la imagen positiva por el cielo, se publicaban a cada rato. Ahora que les dan por el suelo han desaparecido de los lugares que solían frecuentar. Es bueno para establecer grados de credibilidad, recordar quiénes son los encuestadores que pese a las presiones siguen publicando la verdad y los que optan por cajonearla y desensillar hasta que aclare. Son muchos los ejemplos, pero el denominador común es el mismo. A esta altura hay decenas de medios gráficos y programas de cable que nadie consume y que son sostenidos por una jugosa pauta oficial. El capitalismo de amigos empieza a extenderse a las empresas dueñas de medios de comunicación y, como si esto fuera poco, ya está en las gateras la Ley de Radiodifusión del kirchnerismo. Ningún argentino bien nacido puede negar que se necesita una legislación que de una vez por todas multiplique las voces y que le ponga límites a la concentración de muchos medios en pocas manos. Es buena la frase acuñada por Gabriel Mariotto, el titular del Comfer, acerca de “redistribuir la palabra”. La gran pregunta es si los Kirchner tienen intenciones de agregar más pluralismo y más democracia o, por el contrario, quieren más control a la crítica y más respaldo a los elogios. La trayectoria del matrimonio en este tema nos obliga a ser muy pesimistas. Santa Cruz, el INDEC, las encuestas, Canal 7 y la presión permanente que ejercen sobre los medios y los periodistas justifican la preocupación. En muchos discursos de Cristina podemos encontrar ese convencimiento de que los medios empujan el voto de la gente –sobre todo de la clase media– en un sentido o en el otro. Esta semana llegó a decir que la destrucción de los ferrocarriles que hizo el menemismo fue con la “aquiescencia” de la sociedad que fue “manipulada o inducida”. Como si los vientos del neoliberalismo que soplaban en el mundo no hubieran tenido nada que ver. Como si la corrupción y la ineficiencia estatal de entonces no hubieran sido responsabilidad de los dirigentes políticos. Como si la más emblemática de las privatizaciones, la de YPF, no haya tenido como miembro informante en la Cámara de Diputados a Oscar Parrilli, actual tesorero y comandante en jefe de las tropas de asalto piketeras. Como si muchos dirigentes sindicales cómplices y beneficiarios de aquellos desguaces corruptos hoy no estuvieran en la CGT oficial y, finalmente, como si aquel Carlos Menem no hubiera compartido la boleta electoral en siete ocasiones con los Kirchner. ¿Fue la clase media tonta influida por Neustadt la única razón por la que se destruyó el Estado? Parece que los Kirchner creen eso. Y por eso siguen cometiendo gigantescos errores de diagnóstico. Sufren de bovarismo. Se creen sus propias mentiras. O se hacen sus propias películas. Si el matrimonio se limitara a leer el periódico de Rudy, a ver Canal 7 y a manejarse con las cifras del INDEC, a guiarse por la no-encuestas o a escuchar a los periodistas adictos, se creerían que están pasando por el mejor momento. Y a todas luces está claro que, en la realidad, ocurre todo lo contrario.
Fuente Perfil
sábado, 12 de julio de 2008
viernes, 11 de julio de 2008
Al borde del enfrentamiento
La convocatoria del oficialismo a un acto paralelo al de los ruralistas, el martes próximo, no fue más que un gesto propio de pendencieros para demostrar quién pega mejor y más fuerte.
Para cambiar el final del recorrido hay que buscar otra salida.
Para cambiar el final del recorrido hay que buscar otra salida. Por Gabriela PousaEl debate de la resolución 125 en Diputados demostró que, en verdad, no tenemos un gobierno representativo, por más que haya habido votación popular y se insista con los eufemismos.
Economía para todos
“La tiranía no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas.” Albert Camus
Apenas unas horas atrás, el eje de la polémica se centraba en “adivinar” cuántos legisladores le darían en sí al proyecto oficial y cuántos serían los “díscolos” capaces de negarse a una suerte de orden o capricho presidencial. Páginas enteras resumían sumas y restas tratando de adelantar a la votación. ¿Quién ganó las apuestas? Pese al énfasis en sacar cuentas, hoy nadie sabe a ciencia cierta la respuesta. Y es que en el trance de acertar, se enredaron tanto los números que la síntesis quedó siempre relegada al deseo del lector. Había, pues, quienes apostaban por la votación a favor de la media sanción, y quienes creyeron que algún obstáculo se interpondría entre el querer y el poder de uno u otro legislador. Pero el obstáculo estuvo siempre: Néstor Kirchner no dejó librado nada al azar. Apretó, controló y pulseó cada voluntad. Creer que el instrumento utilizado para ese fin fue el vil metal, paradójicamente, podría ser un atenuante para la crisis política e institucional que atraviesa la Argentina. Porque, de no haber sido una negociación la que se tranzó detrás de bambalinas, lo que primó tuvo que haber sido el temor (aunque cada vez este es menor). Siete goles de diferencia en tamaño campeonato no amerita el festejo desbordado que surgió cumplido el primer tiempo, es mejor creer que se celebró poder dar rienda suelta a Morfeo. No hay gran disidencia cuando se habla del poder menguante del matrimonio presidencial. Hasta los Kirchner saben que ya no son los mismos. No pueden siquiera escaparse a El Calafate y dejar hacer porque ya no hay cheque en blanco otorgado por el pueblo como sucedió los primeros años cuando se decía que estaban “construyendo poder”. Hoy, están en cada detalle, haciendo y deshaciendo la trama aunque no se sepa exactamente cuál será el desenlace. Esa es, detalles más, detalles menos, la actividad del Poder Ejecutivo. Ahora bien, ¿qué hace el pueblo? Para dilucidar ese interrogante es menester asumir que la sociedad argentina ya no puede analizarse como una masa amorfa capaz de ser manipulada a piaccere. La división social es un dato inexpugnable pero nada tiene que ver con la mentada lucha de clases. Ya no hay siquiera una derecha y una izquierda, civiles o militares, oligarcas y burgueses, urbanos o rurales, etc. Una simple imagen trasmitida por TV tira por la borda la pretendida lucha que, vanamente, intentó reflotar -en una versión maniquea- el eje oficialista. Luciano Miguens, titular de la Sociedad Rural, supo compartir el mate y las tortas fritas con miembros de la Corriente Clasista y Combativa liderada por Raúl Castells, al tiempo que Alfredo De Angeli se sentaba en la mesa de Mirtha elevando el raiting de los mediodías. Kirchner lo hizo. Y es que en su afán de dividir, sólo logró crear barricadas y mediatintas que hoy representan a la diezmada sociedad argentina. Todo está convertido en un Boca-River. No fue sino una versión desapasionada del súper clásico el eufemístico “debate” librado, el pasado viernes, en Diputados. Aquello que pudo verse y oído durante la maratónica sesión es mejor olvidarlo. Cualquiera ha podido ver actitudes más respetuosas y sobrias en el Monumental o en la mismísima popular xeneize. Amén de estas “menudencias” me atrevo a apostar que cualquiera conoce a los jugadores de esos equipos con mucho más rigor que a los ignotos “representantes” de… ¡de todos y cada uno! Tantas caras desconocidas hablando en nombre nuestro sin que nadie escuchara en demasía. La verdad es que no había mucha diferencia, a ciertas horas de la madrugada, entre el recinto y el Colegio Nacional Buenos Aires sitiado por los “estudiantes”. Peculiares estampas de la Argentina… Quise echar culpas al cansancio que demandó estar frente al televisor 19 horas ininterrumpidas (está probado que no puede fijarse durante tanto tiempo la atención). Sin embargo, no había excusa que valga. De los centenares de legisladores que votaron, tanto en contra como a favor, no más de una docena pueden ser reconocidos por el ciudadano medio, y de esa docena, apenas si la mitad sabía qué estaban haciendo ahí una noche entera. El resto eran anónimos personajes que esperaban volver al amparo de las sábanas, valga la alegoría. Bloques, mini-bloques, mono-bloques, partidos y derivados afloraban como expertos oradores en materia de agricultura y retenciones. Dos reflexiones: o el conocimiento cívico de los argentinos es paupérrimo, y tenemos materia gris desperdiciada entre la dirigencia política, o nos están vendiendo como democrático una trasnochada aglomeración de personas en el Congreso de la Nación. No se comprende en este marco, el aplauso que surgiera cuando la Presidente dispuso que el proyecto se enviara al Parlamento, si más que un gesto democrático fue un manotazo de ahogado. Lo que se llamó “debate” no fue más que un Boca-River donde el resultado ni siquiera fue obra de atinadas jugadas que concluyeron en goles, sino de fouls, controvertidos penales y off side permitidos por un árbitro que, además, dirigió el partido desde otro escenario para evitar que jugadores y barras bravas lo incriminaran. Esta semana empezará el segundo tiempo. Habrá una gran pérdida de energía en sacar nuevas cuentas para tratar de acertar cómo se define el partido, cuando el resultado puede ser fácilmente adivinado porque, otra vez, el árbitro será el mismo. Entretanto, no hay solución al problema, las demandas perentorias del pueblo se siguen desoyendo y no hay, en rigor de verdad, gobierno representativo por más que haya habido votación popular y se insista con los eufemismos. Menos aún, el oficialismo, tiene estructura partidaria concisa que lo sustente compartiendo fines y principios. Los une solamente la necesidad de supervivencia cualquiera sea la escenografía que se monte en la Argentina. El miedo puede que no sea tonto, el monto en discusión es factible que sea tentador pero para disfrutarlo debe haber un mañana donde seguir participando… La lealtad así contrasta con la realidad y apenas si queda una sociedad conyugal que pugna entre sí por un mejor lugar en el escenario a sabiendas que, una vez terminado el período presidencial y desciendan de allí, todos los caminos conducirán inevitablemente a los pasillos de Comodoro Py.
Por Gabriela Pousa
© www.economiaparatodos.com.ar
Economía para todos
“La tiranía no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas.” Albert Camus
Apenas unas horas atrás, el eje de la polémica se centraba en “adivinar” cuántos legisladores le darían en sí al proyecto oficial y cuántos serían los “díscolos” capaces de negarse a una suerte de orden o capricho presidencial. Páginas enteras resumían sumas y restas tratando de adelantar a la votación. ¿Quién ganó las apuestas? Pese al énfasis en sacar cuentas, hoy nadie sabe a ciencia cierta la respuesta. Y es que en el trance de acertar, se enredaron tanto los números que la síntesis quedó siempre relegada al deseo del lector. Había, pues, quienes apostaban por la votación a favor de la media sanción, y quienes creyeron que algún obstáculo se interpondría entre el querer y el poder de uno u otro legislador. Pero el obstáculo estuvo siempre: Néstor Kirchner no dejó librado nada al azar. Apretó, controló y pulseó cada voluntad. Creer que el instrumento utilizado para ese fin fue el vil metal, paradójicamente, podría ser un atenuante para la crisis política e institucional que atraviesa la Argentina. Porque, de no haber sido una negociación la que se tranzó detrás de bambalinas, lo que primó tuvo que haber sido el temor (aunque cada vez este es menor). Siete goles de diferencia en tamaño campeonato no amerita el festejo desbordado que surgió cumplido el primer tiempo, es mejor creer que se celebró poder dar rienda suelta a Morfeo. No hay gran disidencia cuando se habla del poder menguante del matrimonio presidencial. Hasta los Kirchner saben que ya no son los mismos. No pueden siquiera escaparse a El Calafate y dejar hacer porque ya no hay cheque en blanco otorgado por el pueblo como sucedió los primeros años cuando se decía que estaban “construyendo poder”. Hoy, están en cada detalle, haciendo y deshaciendo la trama aunque no se sepa exactamente cuál será el desenlace. Esa es, detalles más, detalles menos, la actividad del Poder Ejecutivo. Ahora bien, ¿qué hace el pueblo? Para dilucidar ese interrogante es menester asumir que la sociedad argentina ya no puede analizarse como una masa amorfa capaz de ser manipulada a piaccere. La división social es un dato inexpugnable pero nada tiene que ver con la mentada lucha de clases. Ya no hay siquiera una derecha y una izquierda, civiles o militares, oligarcas y burgueses, urbanos o rurales, etc. Una simple imagen trasmitida por TV tira por la borda la pretendida lucha que, vanamente, intentó reflotar -en una versión maniquea- el eje oficialista. Luciano Miguens, titular de la Sociedad Rural, supo compartir el mate y las tortas fritas con miembros de la Corriente Clasista y Combativa liderada por Raúl Castells, al tiempo que Alfredo De Angeli se sentaba en la mesa de Mirtha elevando el raiting de los mediodías. Kirchner lo hizo. Y es que en su afán de dividir, sólo logró crear barricadas y mediatintas que hoy representan a la diezmada sociedad argentina. Todo está convertido en un Boca-River. No fue sino una versión desapasionada del súper clásico el eufemístico “debate” librado, el pasado viernes, en Diputados. Aquello que pudo verse y oído durante la maratónica sesión es mejor olvidarlo. Cualquiera ha podido ver actitudes más respetuosas y sobrias en el Monumental o en la mismísima popular xeneize. Amén de estas “menudencias” me atrevo a apostar que cualquiera conoce a los jugadores de esos equipos con mucho más rigor que a los ignotos “representantes” de… ¡de todos y cada uno! Tantas caras desconocidas hablando en nombre nuestro sin que nadie escuchara en demasía. La verdad es que no había mucha diferencia, a ciertas horas de la madrugada, entre el recinto y el Colegio Nacional Buenos Aires sitiado por los “estudiantes”. Peculiares estampas de la Argentina… Quise echar culpas al cansancio que demandó estar frente al televisor 19 horas ininterrumpidas (está probado que no puede fijarse durante tanto tiempo la atención). Sin embargo, no había excusa que valga. De los centenares de legisladores que votaron, tanto en contra como a favor, no más de una docena pueden ser reconocidos por el ciudadano medio, y de esa docena, apenas si la mitad sabía qué estaban haciendo ahí una noche entera. El resto eran anónimos personajes que esperaban volver al amparo de las sábanas, valga la alegoría. Bloques, mini-bloques, mono-bloques, partidos y derivados afloraban como expertos oradores en materia de agricultura y retenciones. Dos reflexiones: o el conocimiento cívico de los argentinos es paupérrimo, y tenemos materia gris desperdiciada entre la dirigencia política, o nos están vendiendo como democrático una trasnochada aglomeración de personas en el Congreso de la Nación. No se comprende en este marco, el aplauso que surgiera cuando la Presidente dispuso que el proyecto se enviara al Parlamento, si más que un gesto democrático fue un manotazo de ahogado. Lo que se llamó “debate” no fue más que un Boca-River donde el resultado ni siquiera fue obra de atinadas jugadas que concluyeron en goles, sino de fouls, controvertidos penales y off side permitidos por un árbitro que, además, dirigió el partido desde otro escenario para evitar que jugadores y barras bravas lo incriminaran. Esta semana empezará el segundo tiempo. Habrá una gran pérdida de energía en sacar nuevas cuentas para tratar de acertar cómo se define el partido, cuando el resultado puede ser fácilmente adivinado porque, otra vez, el árbitro será el mismo. Entretanto, no hay solución al problema, las demandas perentorias del pueblo se siguen desoyendo y no hay, en rigor de verdad, gobierno representativo por más que haya habido votación popular y se insista con los eufemismos. Menos aún, el oficialismo, tiene estructura partidaria concisa que lo sustente compartiendo fines y principios. Los une solamente la necesidad de supervivencia cualquiera sea la escenografía que se monte en la Argentina. El miedo puede que no sea tonto, el monto en discusión es factible que sea tentador pero para disfrutarlo debe haber un mañana donde seguir participando… La lealtad así contrasta con la realidad y apenas si queda una sociedad conyugal que pugna entre sí por un mejor lugar en el escenario a sabiendas que, una vez terminado el período presidencial y desciendan de allí, todos los caminos conducirán inevitablemente a los pasillos de Comodoro Py.
Por Gabriela Pousa
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La toma del Nacional Buenos Aires
La toma del Colegio Nacional de Buenos Aires por sus alumnos nos lleva a un grado extremo de la patología del desorden y de la pérdida de valores y jerarquías. No se trata de un hecho inesperado de rebelión adolescente. Es una situación incubada durante años en ámbitos educativos oficiales y particularmente en algunas universidades nacionales. No es casual que las dos expresiones de este tipo en colegios secundarios se hayan producido en el Carlos Pellegrini y en el Nacional Buenos Aires, ambos dependientes de la Universidad de Buenos Aires.
Fundación Futuro Argentino
Se trata en el fondo de la construcción de una ideología pretendidamente revolucionaria, vestida de democracia y de asambleísmo. Las jerarquías se subordinan al principio de una igualdad sin distinción de méritos. El orden se repudia por suponerlo un sojuzgamiento de los indefensos frente a los poderosos. La disciplina se interpreta como represión y ésta como una forma de acallar por la fuerza a los reclamos del pueblo. Los inspiradores de estos episodios miran al mundo y a la sociedad desde la óptica de la lucha de clases, donde ven una fuerza dominante representada por el capital concentrado que maneja los hilos de un poder mundial y a los lacayos locales. Todas estas deformaciones del pensamiento han pasado a formar parte del repertorio de nuestro inmaduro progresismo que camina de la mano de mentes gramscianas más elaboradas, que en general dictan la letra. No puede sorprender la toma del colegio y el reclamo de cogobierno estudiantil cuando el centro de estudiantes está dirigido por una agrupación que expresa su afiliación al Partido Obrero. Recuérdese que son adolescentes a los que la ley no les reconoce aún la capacidad de votar ni de administrarse fuera de la tutela de sus padres. Sin embargo reclaman su participación en el gobierno del colegio en nombre de la democracia. Es casi una cuestión teatral que podría mirarse con simpática curiosidad, pero creemos sin embargo que debe tomarse en serio. Los revoltosos seguramente no son mayoría, pero se imponen ante el resto, también ante sus padres que temen ir contra lo políticamente correcto. Debe ser difícil encontrar registro en el mundo de un caso de un colegio secundario tomado durante varios días, con los chicos durmiendo allí e impidiendo el ingreso de la directora, los preceptores y los profesores, sin el cuidado ni vigilancia de ningún adulto responsable. Ni siquiera los padres entran para llevarse a sus hijos, como debieran hacerlo. Más extraño aún es que las autoridades del colegio expresaron ante los medios que condicionaban el “diálogo” a la cesación del acto de fuerza, como si estuvieran negociando frente a un paro gremial. De hecho los estudiantes lograron ser recibidos y negociaron con el Consejo Superior de la Universidad y el rectorado de su colegio. Es evidente que el ejercicio de la autoridad resultó imposible para quien la ha perdido, y peor aún cuando la ha declinado como un acto voluntario de origen ideológico. Ese es hoy el mundo de la Universidad de Buenos Aires y el que se respira en los entornos intelectuales y políticos del kirchnerato. Son reminiscencias del Mayo francés del 68 y de nuestros años setenta. Hay en la Argentina muchos equilibrios perdidos que habrá que recuperar. Tenemos que dejar de ser una peculiaridad en el mundo. Un país que parecería autoflagelarse para encontrar siempre la manera de fabricar nuevas crisis, aún cuando se nos ofrezcan las condiciones más promisorias. Parecería que nuestra principal aptitud es encontrar enemigos donde no los hay y destruir iniciativas cuando se muestran exitosas. El odio y la división son elementos recurrentes de la acción política y en los últimos años fueron herramientas de creación de poder. El aparente idealismo que suele invocarse como impulsor de esas actitudes se contradice con la corrupción que caracteriza a muchos de estos profetas del odio. El primer paso para corregir las desviaciones es mirar qué hacen las sociedades exitosas. ¿Pueden estudiantes secundarios en Francia, Estados Unidos o Japón, tomar su colegio e impedir la entrada de sus profesores? No. No lo pueden hacer ni en esos países ni en ningún otro. Habría que informarles a los chicos del Partido Obrero y a los progresistas que los contemplan, que eso no sucedía en la Unión Soviética ni tampoco es permitido en Cuba. Los episodios del Nacional Buenos Aires son demostrativos de una sociedad enferma que necesita recuperar sus valores y ponerlos en orden. Las crisis económicas y el deterioro social son una consecuencia, no una causa, de esa pérdida de valores.
Manuel A. Solanet
Fundación Futuro Argentino
Se trata en el fondo de la construcción de una ideología pretendidamente revolucionaria, vestida de democracia y de asambleísmo. Las jerarquías se subordinan al principio de una igualdad sin distinción de méritos. El orden se repudia por suponerlo un sojuzgamiento de los indefensos frente a los poderosos. La disciplina se interpreta como represión y ésta como una forma de acallar por la fuerza a los reclamos del pueblo. Los inspiradores de estos episodios miran al mundo y a la sociedad desde la óptica de la lucha de clases, donde ven una fuerza dominante representada por el capital concentrado que maneja los hilos de un poder mundial y a los lacayos locales. Todas estas deformaciones del pensamiento han pasado a formar parte del repertorio de nuestro inmaduro progresismo que camina de la mano de mentes gramscianas más elaboradas, que en general dictan la letra. No puede sorprender la toma del colegio y el reclamo de cogobierno estudiantil cuando el centro de estudiantes está dirigido por una agrupación que expresa su afiliación al Partido Obrero. Recuérdese que son adolescentes a los que la ley no les reconoce aún la capacidad de votar ni de administrarse fuera de la tutela de sus padres. Sin embargo reclaman su participación en el gobierno del colegio en nombre de la democracia. Es casi una cuestión teatral que podría mirarse con simpática curiosidad, pero creemos sin embargo que debe tomarse en serio. Los revoltosos seguramente no son mayoría, pero se imponen ante el resto, también ante sus padres que temen ir contra lo políticamente correcto. Debe ser difícil encontrar registro en el mundo de un caso de un colegio secundario tomado durante varios días, con los chicos durmiendo allí e impidiendo el ingreso de la directora, los preceptores y los profesores, sin el cuidado ni vigilancia de ningún adulto responsable. Ni siquiera los padres entran para llevarse a sus hijos, como debieran hacerlo. Más extraño aún es que las autoridades del colegio expresaron ante los medios que condicionaban el “diálogo” a la cesación del acto de fuerza, como si estuvieran negociando frente a un paro gremial. De hecho los estudiantes lograron ser recibidos y negociaron con el Consejo Superior de la Universidad y el rectorado de su colegio. Es evidente que el ejercicio de la autoridad resultó imposible para quien la ha perdido, y peor aún cuando la ha declinado como un acto voluntario de origen ideológico. Ese es hoy el mundo de la Universidad de Buenos Aires y el que se respira en los entornos intelectuales y políticos del kirchnerato. Son reminiscencias del Mayo francés del 68 y de nuestros años setenta. Hay en la Argentina muchos equilibrios perdidos que habrá que recuperar. Tenemos que dejar de ser una peculiaridad en el mundo. Un país que parecería autoflagelarse para encontrar siempre la manera de fabricar nuevas crisis, aún cuando se nos ofrezcan las condiciones más promisorias. Parecería que nuestra principal aptitud es encontrar enemigos donde no los hay y destruir iniciativas cuando se muestran exitosas. El odio y la división son elementos recurrentes de la acción política y en los últimos años fueron herramientas de creación de poder. El aparente idealismo que suele invocarse como impulsor de esas actitudes se contradice con la corrupción que caracteriza a muchos de estos profetas del odio. El primer paso para corregir las desviaciones es mirar qué hacen las sociedades exitosas. ¿Pueden estudiantes secundarios en Francia, Estados Unidos o Japón, tomar su colegio e impedir la entrada de sus profesores? No. No lo pueden hacer ni en esos países ni en ningún otro. Habría que informarles a los chicos del Partido Obrero y a los progresistas que los contemplan, que eso no sucedía en la Unión Soviética ni tampoco es permitido en Cuba. Los episodios del Nacional Buenos Aires son demostrativos de una sociedad enferma que necesita recuperar sus valores y ponerlos en orden. Las crisis económicas y el deterioro social son una consecuencia, no una causa, de esa pérdida de valores.
Manuel A. Solanet
El liberalismo no defiende la verdadera libertad
Un inteligente lector, joven profesor de amplia cultura política, Juan Francisco Ramos Mejía (h), me escribió una carta a propósito de mi artículo sobre García Marquez. Como, al pasar, yo había atacado los gobiernos liberales de nuestra historia, me escribió defendiendo cierto liberalismo a lo cual respondí reiterando lo que pienso sobre esa ideología, la libertad y la acción política que debe hacerse para acabar con la tiranía "kirchnerista". Por considerar el tema de interés general, publico la carta del lector Juan Francisco Ramos Mejía (h), del 7 de Julio y luego mi contestación.
"Muchas gracias por poner en evidencia la crueldad y falta de capacidad literaria de Garcia Marquez y la estupidez de todos los que lo elogian... "Con relación al liberalismo, insisto en que muchas cosas se llaman liberalismo que no son liberalismo, y el liberalismo que vos atacas (la versión Jean Rousseau, John Rawls, Carlos Nino) poco tiene que ver con el verdadero liberalismo (John Locke, Juan de Mariana y la Escolástica Española, Adam Smith, Ferguson y la Escuela Escocesa, Thomas Jefferson, James Madison y los Founding Fathers, Frederic Bastiat, von Humboldt, Lord Acton, Juan B. Alberdi, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y la Escuela Austriaca, Milton Friedman y la Escuela de Chicago, James Buchanan, Gordon Tullock y la Escuela del Public Choice, Robert Nozick, Murray Rothbard y el Libertarianism en EEUU, Rocco Buttiglione, Robert Siricco y el Personalismo Economico del Acton Institute). "Para ellos el liberalismo es la filosofía política caracterizada por el respeto a los derechos indivduales de la persona humana que son la vida, la libertad y la propiedad, derechos preexistentes e inalianebles al Estado de los que gozan las personas por ley natural o sobrenatural. Creen en el conocimiento objetivo y no son relativistas. "Como sé que vos compartis estos ideales, te insto a que, para evitar confusiones y confrontaciones innecesarias con muchos liberales de los buenos, hagas salvedad de esta buena tradición del liberalismo y dirijas tus criticas al liberalismo roussoniano relativista y totalitario." * * *
CONTESTACIÓN
Muchas gracias por tu carta. Me alegro que compartamos la crítica al gran mistificador premiado desmesuradamente por el "establishment" a causa de su disparatada novela "Cien años de soledad". Te agradezco también tu consejo de no confundir el liberalismo "russoniano", "relativista y totalitario" con el de los muchos autores que citás que se reconocen como liberales pero que definen su doctrina de una manera conforme con "la ley natural o sobrenatural". "Para ellos -decís en tu carta- el liberalismo es la filosofía política caracterizada por el respeto a los derechos individuales de la persona humana que son la vida, la libertad y la propiedad, derechos preexistentes e inalienables al Estado de los que gozan las personas por ley natural o sobrenatural. Creen en el conocimiento objetivo y no son relativistas." * * * De esos autores sólo conozco un poco al Padre Juan de Mariana SJ y al Padre Francisco Suarez SJ a quienes se les atribuye doctrinas "liberales" que estaban muy lejos de sus mentes. Ellos enseñaron una doctrina sobre el bien común de todo el pueblo y sobre la legitima posibilidad de que éste designara a la persona que habría de ejercer el gobierno, pero nunca admitieron que la autoridad venía del pueblo sino que siempre se basa en la autoridad divina que creó al hombre sociable. Jamás sostuvieron que los hombres fueran libres de resolver lo que se les ocurriera mediante votación sino apenas de elegir los medios legítimos para alcanzar el fin debido, siempre conforme con la ley natural y la ley divina de las cuales es custodia la Iglesia Católica. Esa enseñanza es perfectamente compatible con la doctrina política de la Iglesia enseñada por Leon XIII en sus famosas Encíclicas "Inmortale Dei" y "Libertas". Allí se enseña que la Iglesia siempre ha sido defensora de la libertad verdadera, puesto que Dios mismo hizo al hombre dotado de libre albedrío y sin ese don la salvación del alma sería impensable. Sólo que la Iglesia sabe -y eso el liberalismo no lo acepta- que a causa del pecado original el hombre puede usar mal ese don y destruirse a sí mismo y a la sociedad humana. Para prevenirlo existen la ley natural y la divina, irrevocables por voluntad humana, que, en sus aspectos públicos deben ser exigidas con imperio por la ley positiva. La gracia conquistada por Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz que nos ayuda a ser como debemos ser. * * * La gran diferencia entre esa filosofía y el liberalismo está en que según éste, las mayorías pueden resolver cualquier asunto de cualquier manera, sin que se pueda oponer la ley natural o divina para anular una decisión que las ofenda. Por ejemplo, el divorcio y el aborto. Si un Parlamento vota sendas leyes que los aprueban, los liberales no tienen argumentos para considerar nulas esas decisiones. Podrán oponerse por razones de conciencia personal pero lo único que admiten es que se intente persuadir a la mayoría para revocar esas leyes las que, entretanto, consideran válidas y exigibles. Esta es la razón fundamental por la cual el liberalismo está condenado por la Iglesia y por la razón natural. El Padre Félix Sardá y Salvany en su libro "El liberalismo es pecado" lo explica exhaustivamente. * * * Ocurre que los liberales que son buenas personas, como es tu caso, sabiéndose con fe y que nunca aprobarían leyes inmorales, creen que los otros liberales aceptarían la misma restricción. Pero en el fondo saben que no hay argumentos en la doctrina liberal para anularlas y juegan continuamente con la palabra "liberalismo" sabiendo que se presta a equívocos, sin resolverlos, con lo cual prestigian el "partido liberal" y abren el camino a los auténticos liberales, que no son ellos sino los otros, los que no reconocen ninguna otra autoridad por encima de la voluntad mayoritaria. Un equivoco con el que juegan los liberales, inclusive los que son buenas personas, es el que se oculta detrás de las palabras "voluntad mayoritaria". Ellos saben -y no pueden ignorarlo sino de mala fe-, que la supuesta "voluntad mayoritaria" está fabricada por un sistema de partidos organizado y restrictivo que proscribe a todo disidente por la fuerza del dinero, de la publicidad y de una ley electoral proscriptiva hecha por ese mismo sistema (y si todo eso no resulta, por el fraude). Saben que el pueblo es un "convidado de piedra" cuyo voto está condicionado de mil maneras, en perjuicio del pueblo mismo. Sin embargo, la ortodoxia liberal que debería obligarlos a combatir todo ese tinglado como nulo e inválido, es olvidada por los liberales en nombre de un "realismo" que cohonesta los vicios a cambio de que se mantenga la teoría de la "soberanía popular". * * * Otro equívoco que los liberales utilizan es la palabra "libertad" como si fuera sinónimo de "libre albedrío". Este último es la facultad dada por Dios al hombre para elegir entre el bien y el mal. Elegir lo primero es laudable, lo segundo es censurable y debe ser restringido tanto cuanto sea posible por medio de la ley y la autoridad. Sin embargo, ni la ley ni la autoridad pueden suprimir el libre albedrío ya que el hombre será siempre hombre y responsable de sus actos por tener esa facultad. En cambio, la "libertad", tal como lo enseña la Iglesia (ver Encíclica "Libertas" de Leon XIII) y la buena filosofía, es la posibilidad de elegir los medios que llevan al fin debido. El hombre es "libre" de elegir el camino que lo lleva a realizar un objetivo bueno; no es "libre" de elegir un objetivo malo, aunque tenga la triste posibilidad de hacerlo a causa del libre albedrío de que está dotado. El hombre no es libre de elegir los objetivos morales ni su fin último. Eso le es impuesto por Dios mediante la ley natural y la ley divina, de las cuales debe ser reflejo la ley humana. Una ley humana que contradiga la ley natural o la divina no es ley, es pura violencia y nula de nulidad absoluta. El liberalismo, por el contrario, sostiene que el hombre es "libre" de elegir cualquier objetivo, aún su fin último, y que la ley moral no se le puede imponer en nombre de un Legislador eterno ni en nombre de una naturaleza creada con una esencia determinada por el Supremo Hacedor. De ahí que consideren como una imposición intolerable toda moral objetiva exigible a todos los hombres. Si me respondés que vos no sostenés nada de eso, entonces te diría que no te llames "liberal", porque el liberalismo es eso. El catolicismo defiende la libertad mejor que ninguna otra escuela y rechaza el liberalismo. * * * Mencionás en tu carta varios nombres de economistas liberales. Estos economistas sostienen la propiedad privada y la libre iniciativa. Ambos principios son defendidos por la doctrina social de la Iglesia, pero junto con eso la Iglesia proclama la supremacía de la Justicia. Nadie es libre para ofender la Justicia que está objetivamente definida en principios inmutables y que debe ser aplicada a los casos concretos por una autoridad que sea legítima en su origen y en su acción. Los economistas liberales cometen, por lo menos, dos errores: 1) Llamarse liberales, con lo cual cargan sobre sí todos los equívocos provocados por sus congéneres desde Robespierre hasta Cavallo. 2) Decretar la supremacía del "mercado" o sea, de una regla de oferta y demanda que esté por encima de la Justicia y que no admita -según los liberales- ninguna corrección so pena de arruinar todo el sistema. El nombre "liberal", quiérase o no, está cargado con todos los errores y crímenes del liberalismo moral y político. Si los economistas liberales no se solidarizan con esos errores ni con esos crímenes deberían usar otro nombre. De lo contrario, su defensa de la propiedad privada y de la libre iniciativa como si fueran patrimonio exclusivo del liberalismo -ambos principios son de derecho natural-, ayuda a los liberales en lo moral y en lo político a propagar sus ideas contrarias a la ley natural y a la ley divina. No hay que usar palabras equívocas. * * * El mercado es una forma natural de encontrarse quienes ofrecen algo con quienes necesitan comprar algo. Sin embargo, hay dos cosas relacionadas con el mercado que los liberales sólo admiten a regañadientes porque contradice su teoría: a) El mercado nunca es libre, siempre está dominado por los grandes operadores que usan su poder cuando les interesa, a pesar de las reglamentaciones de algunos Estados para prevenir juegos de Bolsa. b) Las injusticias que cometan quienes dominan un mercado pueden producirles enormes ganancias que los liberales no condenan. Por el contrario, los admiran como "empresarios exitosos". La "ley moral de los cambios" no permite que en un negocio alguien salga inmensamente rico y su contraparte resulte arruinada. Sin embargo, ese es el origen de la fortuna de una gran parte de los "empresarios exitosos". * * * Me preguntarás por qué propongo, entonces, la Constitución de 1853 como programa mínimo de una acción política que rescate nuestra Patria de la tiranía. ¿No es acaso la Constitución de 1853 obra de liberales y vaciada en moldes liberales? La respuesta es la siguiente: La tiranía "kirchnerista" es marxista, o sea, tributaria de una ideología que niega todas las libertades legítimas (las ilegítimas e inmorales las absorbe como propias, por ejemplo, el amor libre). Los tres poderes, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, están dominados por inmorales que desprecian todo bien y conculcan descaradamente todos los derechos. La Constitución de 1853, hecha por los liberales para modificar una sociedad basada en el catolicismo, y sus garantías nominalmente consideradas, pueden invocarse contra una tiranía socialista que las otorga únicamente para el mal y las niega a todos los buenos. Podrás decirme: "Sí, pero en caso de que Ud. llegue a gobernar, los marxistas invocarán esas libertades contra el verdadero Derecho". Pero no podrán hacerlo porque contra ellos regirá el derecho civil y el derecho penal que condena todos sus latrocinios, crímenes e inmoralidades. Como decía el gran Presidente mártir del Ecuador: "Para el Bien y los buenos todo; para el Mal y los malos, la Ley". Espero haber respondido a tu inquietud y te agradezco la oportunidad que me has dado de escribir estas aclaraciones.
Por el Dr. Cosme Beccar Varela
"Muchas gracias por poner en evidencia la crueldad y falta de capacidad literaria de Garcia Marquez y la estupidez de todos los que lo elogian... "Con relación al liberalismo, insisto en que muchas cosas se llaman liberalismo que no son liberalismo, y el liberalismo que vos atacas (la versión Jean Rousseau, John Rawls, Carlos Nino) poco tiene que ver con el verdadero liberalismo (John Locke, Juan de Mariana y la Escolástica Española, Adam Smith, Ferguson y la Escuela Escocesa, Thomas Jefferson, James Madison y los Founding Fathers, Frederic Bastiat, von Humboldt, Lord Acton, Juan B. Alberdi, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y la Escuela Austriaca, Milton Friedman y la Escuela de Chicago, James Buchanan, Gordon Tullock y la Escuela del Public Choice, Robert Nozick, Murray Rothbard y el Libertarianism en EEUU, Rocco Buttiglione, Robert Siricco y el Personalismo Economico del Acton Institute). "Para ellos el liberalismo es la filosofía política caracterizada por el respeto a los derechos indivduales de la persona humana que son la vida, la libertad y la propiedad, derechos preexistentes e inalianebles al Estado de los que gozan las personas por ley natural o sobrenatural. Creen en el conocimiento objetivo y no son relativistas. "Como sé que vos compartis estos ideales, te insto a que, para evitar confusiones y confrontaciones innecesarias con muchos liberales de los buenos, hagas salvedad de esta buena tradición del liberalismo y dirijas tus criticas al liberalismo roussoniano relativista y totalitario." * * *
CONTESTACIÓN
Muchas gracias por tu carta. Me alegro que compartamos la crítica al gran mistificador premiado desmesuradamente por el "establishment" a causa de su disparatada novela "Cien años de soledad". Te agradezco también tu consejo de no confundir el liberalismo "russoniano", "relativista y totalitario" con el de los muchos autores que citás que se reconocen como liberales pero que definen su doctrina de una manera conforme con "la ley natural o sobrenatural". "Para ellos -decís en tu carta- el liberalismo es la filosofía política caracterizada por el respeto a los derechos individuales de la persona humana que son la vida, la libertad y la propiedad, derechos preexistentes e inalienables al Estado de los que gozan las personas por ley natural o sobrenatural. Creen en el conocimiento objetivo y no son relativistas." * * * De esos autores sólo conozco un poco al Padre Juan de Mariana SJ y al Padre Francisco Suarez SJ a quienes se les atribuye doctrinas "liberales" que estaban muy lejos de sus mentes. Ellos enseñaron una doctrina sobre el bien común de todo el pueblo y sobre la legitima posibilidad de que éste designara a la persona que habría de ejercer el gobierno, pero nunca admitieron que la autoridad venía del pueblo sino que siempre se basa en la autoridad divina que creó al hombre sociable. Jamás sostuvieron que los hombres fueran libres de resolver lo que se les ocurriera mediante votación sino apenas de elegir los medios legítimos para alcanzar el fin debido, siempre conforme con la ley natural y la ley divina de las cuales es custodia la Iglesia Católica. Esa enseñanza es perfectamente compatible con la doctrina política de la Iglesia enseñada por Leon XIII en sus famosas Encíclicas "Inmortale Dei" y "Libertas". Allí se enseña que la Iglesia siempre ha sido defensora de la libertad verdadera, puesto que Dios mismo hizo al hombre dotado de libre albedrío y sin ese don la salvación del alma sería impensable. Sólo que la Iglesia sabe -y eso el liberalismo no lo acepta- que a causa del pecado original el hombre puede usar mal ese don y destruirse a sí mismo y a la sociedad humana. Para prevenirlo existen la ley natural y la divina, irrevocables por voluntad humana, que, en sus aspectos públicos deben ser exigidas con imperio por la ley positiva. La gracia conquistada por Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz que nos ayuda a ser como debemos ser. * * * La gran diferencia entre esa filosofía y el liberalismo está en que según éste, las mayorías pueden resolver cualquier asunto de cualquier manera, sin que se pueda oponer la ley natural o divina para anular una decisión que las ofenda. Por ejemplo, el divorcio y el aborto. Si un Parlamento vota sendas leyes que los aprueban, los liberales no tienen argumentos para considerar nulas esas decisiones. Podrán oponerse por razones de conciencia personal pero lo único que admiten es que se intente persuadir a la mayoría para revocar esas leyes las que, entretanto, consideran válidas y exigibles. Esta es la razón fundamental por la cual el liberalismo está condenado por la Iglesia y por la razón natural. El Padre Félix Sardá y Salvany en su libro "El liberalismo es pecado" lo explica exhaustivamente. * * * Ocurre que los liberales que son buenas personas, como es tu caso, sabiéndose con fe y que nunca aprobarían leyes inmorales, creen que los otros liberales aceptarían la misma restricción. Pero en el fondo saben que no hay argumentos en la doctrina liberal para anularlas y juegan continuamente con la palabra "liberalismo" sabiendo que se presta a equívocos, sin resolverlos, con lo cual prestigian el "partido liberal" y abren el camino a los auténticos liberales, que no son ellos sino los otros, los que no reconocen ninguna otra autoridad por encima de la voluntad mayoritaria. Un equivoco con el que juegan los liberales, inclusive los que son buenas personas, es el que se oculta detrás de las palabras "voluntad mayoritaria". Ellos saben -y no pueden ignorarlo sino de mala fe-, que la supuesta "voluntad mayoritaria" está fabricada por un sistema de partidos organizado y restrictivo que proscribe a todo disidente por la fuerza del dinero, de la publicidad y de una ley electoral proscriptiva hecha por ese mismo sistema (y si todo eso no resulta, por el fraude). Saben que el pueblo es un "convidado de piedra" cuyo voto está condicionado de mil maneras, en perjuicio del pueblo mismo. Sin embargo, la ortodoxia liberal que debería obligarlos a combatir todo ese tinglado como nulo e inválido, es olvidada por los liberales en nombre de un "realismo" que cohonesta los vicios a cambio de que se mantenga la teoría de la "soberanía popular". * * * Otro equívoco que los liberales utilizan es la palabra "libertad" como si fuera sinónimo de "libre albedrío". Este último es la facultad dada por Dios al hombre para elegir entre el bien y el mal. Elegir lo primero es laudable, lo segundo es censurable y debe ser restringido tanto cuanto sea posible por medio de la ley y la autoridad. Sin embargo, ni la ley ni la autoridad pueden suprimir el libre albedrío ya que el hombre será siempre hombre y responsable de sus actos por tener esa facultad. En cambio, la "libertad", tal como lo enseña la Iglesia (ver Encíclica "Libertas" de Leon XIII) y la buena filosofía, es la posibilidad de elegir los medios que llevan al fin debido. El hombre es "libre" de elegir el camino que lo lleva a realizar un objetivo bueno; no es "libre" de elegir un objetivo malo, aunque tenga la triste posibilidad de hacerlo a causa del libre albedrío de que está dotado. El hombre no es libre de elegir los objetivos morales ni su fin último. Eso le es impuesto por Dios mediante la ley natural y la ley divina, de las cuales debe ser reflejo la ley humana. Una ley humana que contradiga la ley natural o la divina no es ley, es pura violencia y nula de nulidad absoluta. El liberalismo, por el contrario, sostiene que el hombre es "libre" de elegir cualquier objetivo, aún su fin último, y que la ley moral no se le puede imponer en nombre de un Legislador eterno ni en nombre de una naturaleza creada con una esencia determinada por el Supremo Hacedor. De ahí que consideren como una imposición intolerable toda moral objetiva exigible a todos los hombres. Si me respondés que vos no sostenés nada de eso, entonces te diría que no te llames "liberal", porque el liberalismo es eso. El catolicismo defiende la libertad mejor que ninguna otra escuela y rechaza el liberalismo. * * * Mencionás en tu carta varios nombres de economistas liberales. Estos economistas sostienen la propiedad privada y la libre iniciativa. Ambos principios son defendidos por la doctrina social de la Iglesia, pero junto con eso la Iglesia proclama la supremacía de la Justicia. Nadie es libre para ofender la Justicia que está objetivamente definida en principios inmutables y que debe ser aplicada a los casos concretos por una autoridad que sea legítima en su origen y en su acción. Los economistas liberales cometen, por lo menos, dos errores: 1) Llamarse liberales, con lo cual cargan sobre sí todos los equívocos provocados por sus congéneres desde Robespierre hasta Cavallo. 2) Decretar la supremacía del "mercado" o sea, de una regla de oferta y demanda que esté por encima de la Justicia y que no admita -según los liberales- ninguna corrección so pena de arruinar todo el sistema. El nombre "liberal", quiérase o no, está cargado con todos los errores y crímenes del liberalismo moral y político. Si los economistas liberales no se solidarizan con esos errores ni con esos crímenes deberían usar otro nombre. De lo contrario, su defensa de la propiedad privada y de la libre iniciativa como si fueran patrimonio exclusivo del liberalismo -ambos principios son de derecho natural-, ayuda a los liberales en lo moral y en lo político a propagar sus ideas contrarias a la ley natural y a la ley divina. No hay que usar palabras equívocas. * * * El mercado es una forma natural de encontrarse quienes ofrecen algo con quienes necesitan comprar algo. Sin embargo, hay dos cosas relacionadas con el mercado que los liberales sólo admiten a regañadientes porque contradice su teoría: a) El mercado nunca es libre, siempre está dominado por los grandes operadores que usan su poder cuando les interesa, a pesar de las reglamentaciones de algunos Estados para prevenir juegos de Bolsa. b) Las injusticias que cometan quienes dominan un mercado pueden producirles enormes ganancias que los liberales no condenan. Por el contrario, los admiran como "empresarios exitosos". La "ley moral de los cambios" no permite que en un negocio alguien salga inmensamente rico y su contraparte resulte arruinada. Sin embargo, ese es el origen de la fortuna de una gran parte de los "empresarios exitosos". * * * Me preguntarás por qué propongo, entonces, la Constitución de 1853 como programa mínimo de una acción política que rescate nuestra Patria de la tiranía. ¿No es acaso la Constitución de 1853 obra de liberales y vaciada en moldes liberales? La respuesta es la siguiente: La tiranía "kirchnerista" es marxista, o sea, tributaria de una ideología que niega todas las libertades legítimas (las ilegítimas e inmorales las absorbe como propias, por ejemplo, el amor libre). Los tres poderes, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, están dominados por inmorales que desprecian todo bien y conculcan descaradamente todos los derechos. La Constitución de 1853, hecha por los liberales para modificar una sociedad basada en el catolicismo, y sus garantías nominalmente consideradas, pueden invocarse contra una tiranía socialista que las otorga únicamente para el mal y las niega a todos los buenos. Podrás decirme: "Sí, pero en caso de que Ud. llegue a gobernar, los marxistas invocarán esas libertades contra el verdadero Derecho". Pero no podrán hacerlo porque contra ellos regirá el derecho civil y el derecho penal que condena todos sus latrocinios, crímenes e inmoralidades. Como decía el gran Presidente mártir del Ecuador: "Para el Bien y los buenos todo; para el Mal y los malos, la Ley". Espero haber respondido a tu inquietud y te agradezco la oportunidad que me has dado de escribir estas aclaraciones.
Por el Dr. Cosme Beccar Varela
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